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CRÓNICA SORPRESA DE UN GRUPO SORPRESA (22-06-2017)

Ha vuelto a suceder. Es algo que ya se viene repitiendo con demasiada frecuencia. Esta vez solo habían transcurrido unos meses desde la última ocasión; para el regocijo de unos y la desesperación de otros. Empieza a ser preocupante…
Pero, vayamos por partes…

A finales de abril se empezó a saber que iba a haber una fiesta en la que Juan de Pablos celebraría en la sala El Sol que lleva cincuenta años trabajando en la radio, y en la que iba a actuar un grupo sorpresa que tenía muy buena pinta. Pero no estaba del todo claro. Y del todo del todo claro todavía no lo estaba al empezar la fiesta.
Cuando vi que Joaquín, bajista y compositor del grupo que intuía que podía ser, estaba entre el público, empecé a tranquilizarme. Pacientemente estuve escuchando a las formaciones que fueron desfilando por el escenario: Capitán Sunrise, Los Summers, Tori Sparks, Francisco Nixon, The Del Shapiros y The Gachises.
Todos estuvieron muy bien, pero la cuestión era si el grupo sorpresa era el que todos imaginábamos y deseábamos que fuera. Entonces salió Juan de Pablos al escenario y dijo: “Bueno, ahora vamos a conocer al grupo sorpresa…” Y el público empezó a corear: “¡Grupo sorpresa!, ¡grupo sorpresa!” Una y otra vez.
Y allí aparecieron Arturo Pérez, Emilio Sancho, Rafa Cabello y Joaquín Rodríguez. Exactamente: Los Nikis. Habíamos hecho pleno al quince.

Después de unas palabras de Juan de Pablos ensalzando a los de Algete, Emilio hizo la presentación del grupo y de la primera canción en inglés. No fue otra, claro, que “Canto en inglés”, de su último disco, Más de lo mismo, autoeditado en 1998 cuando el grupo llevaba ya nueve años disuelto. Fue una forma tranquila de empezar su actuación y de que no se revolucionara tan pronto el auditorio.
A continuación le tocó el turno a “Ernesto”, de su primer EP y su primer gran éxito; haciendo una versión diferente de la grabada en su día. Quizá no interpretaron “La amenaza amarilla” -también contenida en ese disco y que hoy en día es una canción políticamente incorrecta- no fuera a ser que se enfadara la población proveniente de la República Popular China y, retomando la idea de Mao Zedong, se pusieran de acuerdo para dar un pisotón al suelo todos al mismo tiempo desde sus respectivos comercios y temblara este país.

La temperatura de la sala y la pasión del público siguieron subiendo con “Sangre en el museo de cera”, fantástica canción con argumento de regusto a película de terror de serie B; y que, según contó Emilio, hacía treinta y dos años que no la tocaban. En ella sacaron a Juan de Pablos a hacer coros. Aquello ya era todo un concierto de Los Nikis, como en los viejos tiempos de sus ya míticas y celebradas actuaciones en el salón de actos de la Escuela de Caminos. El público brincaba, cantaba, chocaba y se subía al escenario para arrojarse poco después sobre el resto.
Emilio Sancho presentó “El Imperio contraataca” diciendo que tuvo “poco éxito”. Le faltó decir que les acarreó fama gratuita de conservadores ultra-nacionalistas. Seguro que a estas alturas todavía hay algún despistado que no entiende que también existe la ironía en las letras de rock. Por muy apasionados alegatos que parezcan.
Durante “La hormigonera asesina”, y ante la insistencia del público que tenía enfrente, Emilio se lanzó sobre ellos durante una parte en la que sólo había coros.
En “Brutus” se le olvidó la letra. Mandó silencio, paró la música, un espectador le sopló lo que seguía a continuación y siguió la canción. A estas alturas del concierto comprendí la sensación que debía de sentir el personaje de Apocalipse Now que hacía surf mientras las tropas estaban en plena batalla. En mi caso no por la metralla ni las bombas sino por los empujones, pisotones y golpes que recibí, más que en ningún concierto punk. En más de una ocasión eché de menos el muro sobre el que se eleva el escenario en la mayoría de las salas. Más que nada para que mi cuerpo se estampara contra él al salir despedido y se detuviera allí. Porque los tres escalones de El Sol son una trampa en la que tropecé más de cuatro veces, estando a punto de estamparme contra el suelo del escenario y que mi cámara se hiciera pedazos allí.

Cuando empezó “La naranja ya no es mecánica”, me había ganado el afecto de un parroquiano que, embriagado de alegría, cantaba, brincaba y abrazaba a todo el que tenía al lado para celebrar que a todos nos estaba encantando el concierto. Me fue imposible hacerle entender que así las fotos me iban a salir movidas.
Sin pausa comenzaron a sonar los primeros acordes de “Diez años en Sing-Sing”, lo que provocó la locura colectiva, y el público empezó a subirse al escenario masivamente. “¡Jimbo!”, gritó uno. “¡Jambo, jambo!”, dijo otro. Aquello empezó a parecerse al camarote de los Hermanos Marx en Una Noche en la Ópera. Yo me sentía como el plomero. Entre todos los que habían subido allí arriba estaban dos integrantes de Los Summers y las dos guitarristas de The Gachises. Una de ellas además tuvo la valentía de lanzarse sobre el público poco después. Todos querían hacer coros a Emilio, por lo que los micros estaban muy solicitados. Cuando alguien empezó a gritar “¡Traed madera! ¡Traed madera! ¡Es la guerra!”, decidí ponerme a cubierto. Así que subí los tres escalones y me resguardé junto a las escaleras de acceso a la cabina del pincha. Allí me encontré a una chica peruana que, sorprendida de ver a tanta gente haciendo cola para entrar al local, me había preguntado a qué esperábamos allí. Había vuelto por la sala dos horas después y conseguido que los porteros la dejaran pasar “a descansar los pies”. Vamos, era como si, al igual que el personaje de Mia Farrow en La rosa púrpura de El Cairo, hubiera entrado en el celuloide de alguna versión actual del clásico de los Hermanos Marx.
El único que permanecía sin inmutarse lo más mínimo ante lo que estaba sucediendo era Rafa Cabello, que seguía impávido golpeando su batería como si todo aquello fuera lo más normal del mundo y nada tuviera que ver con él.
No sé quién consiguió imponer algo de sentido común en la situación y que la gente se bajara del escenario para que siguieran tocando sin agobios. Así “Por el interés te quiero Andrés” fue cantada por toda la alborozada concurrencia. A algunos hasta les acercaba el micrófono el propio Emilio.
Acabaron con “La fiesta medieval”, ante el jolgorio generalizado.
Diez canciones. Me faltó “Silvia Sobrini”; por volver a escuchar aquello de “las amigas de su madre hablan de ella sin parar porque Silvia Sobrini es una chica formal”. Una obra maestra de puro costumbrismo condensado en menos de dos minutos.
Hubo más grupos después en la fiesta, pero ¿a quién le importaba eso? Treinta y tres años después había vuelto a estar en un concierto de Los Nikis. La sensación placentera que me había dejado el concierto me duraría más de una semana.
Ya que en su día decidieron no llegar a ser un grupo de altos vuelos, dedicándose a sus respectivas profesiones al margen de la música, sería deseable que no lo estropeasen a estas alturas. Siempre les quedará la satisfacción de que para no tener NPI de música, como confiesa Joaquín Rodríguez en su libro, han llegado a ser muy influyentes en muchos grupos de generaciones posteriores.

Aunque lo cierto es que después de verlos en este concierto estoy convencido de que se mantendrán fieles a su espíritu amateur del que siempre hicieron gala y no les dará por volver a subirse a los escenarios con el único fin de hacer dinero, práctica habitual de muchos otros grupos de edad; ya hay quien pide en las redes sociales que den conciertos en pabellones…Y de que, por supuesto, si sacaran algún nuevo disco, algo poco probable, sería porque tuvieran canciones que merecen ser grabadas y dadas a conocer.
No deja detener su encanto eso de que, por puro divertimento, aparezcan por sorpresa en cualquier fiesta o concierto de otros grupos para regocijo de algunos admiradores (los que están presentes) y la desesperación de otros (los que se lo han perdido).
Seguiremos informando…

Crónica y fotos por: Luis Miguel del Campo

 

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