El mundo de los festivales acaba de recibir una noticia que puede marcar un antes y un después. Viña Rock, uno de los eventos musicales más emblemáticos del panorama nacional, ya no pertenece a Superstruct Entertainment y pasa oficialmente a ser propiedad de Orange Alive.
El movimiento no es un simple cambio de despacho: supone también romper la vinculación financiera con el fondo KKR, conocido por sus inversiones internacionales y por sus relaciones señaladas con intereses vinculados a Israel. Este detalle, que podría parecer secundario, ha sido uno de los puntos más comentados y debatidos entre seguidores y artistas.
Un festival en crisis silenciosa
Este traspaso llega en un momento delicado. En los últimos meses, el festival ha visto cómo varios grupos y solistas se caían del cartel, generando dudas entre fans y alimentando rumores sobre problemas internos. A esto se suma la aparente retirada o ausencia de algunos patrocinadores habituales, algo que en el negocio de los macroeventos musicales puede ser una señal de alerta importante.
Aunque no existe un comunicado que detalle todas las razones, dentro del sector se habla de tensiones económicas, reajustes estratégicos y pérdida de confianza por parte de parte de la industria.
¿Renacer o caída libre?
La gran incógnita ahora es qué ocurrirá tras el cambio de propietarios. Hay dos escenarios posibles:
- Remontada épica: que la nueva dirección relance el proyecto, cierre nuevas confirmaciones potentes y recupere el entusiasmo del público.
- Efecto dominó: que continúen las bajas artísticas y el cartel se debilite progresivamente sin sustituciones de peso.
Por el momento, el silencio oficial solo aumenta la expectación… y la preocupación.
La pregunta que todos se hacen:
¿Estamos ante el inicio de una nueva era dorada para Viña Rock… o presenciando el principio de su declive?
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