El 23 de noviembre llegué tarde a la Sala Caracol, por vicio y malas costumbres. Por eso cuando entré, Malaka Youth -a quienes no había visto ni escuchado antes- llevaban tocando más de 15 minutos (sí, soy un cafre y me perdí casi medio bolo). Abrí la segunda puerta doble de la Caracol me acariciaron sus buenas reggae-vibraciones. Sonaba el tema “Soldados de la música”, a través de una sala llena. La verdad es que la atmósfera absorbía todo el mal rollo, pero para mí la vasca estaba demasiado tranqui (o no, uno no puede evitar venir de donde viene, allá donde el pogo y el mosh rompen cuellos y costillas).

El caso es que el grupo sonaba muy bien. Nada me fue demasiado sorprendente, pero el reggae (ragga si nos ponemos quisquillosos) estaba bien ejecutado y lo tocaban con regusto, con amor y con mucha raiz. La cosa se acercaba más al roots que al dancehall, lo cual yo prefiero, aun sin hacer ascos a nada. El cantante derrochaba un calmado buenrollismo que transmitía amor. Se movía por la escena, bailaba, interactuaba con el público… Lo hacía bien, aunque no conectaba. Sonó “Tanto por ver”, la que luego he descubierto como una de las canciones estrella del grupo. Tras ella el tema “Cual es la razón”, que habla de amor dulce, baladista, pero bien tocado. La verdad es que la balada es el ámbito en que más se mueven los Malaka (natural en su género). Hablan de amor, alegría, cultura reggae y crítica social. Llegó un temita un poco más ágil, el de “Mad World”, el cual me fue divertido y me hizo bailar. Eso sí, bailé solo. La peña, seguía a una distancia segura bailando consigo misma, a lo sumo con sus compas. Era como una rave a las 7 de la mañana: la gente escucha y disfruta la música, pero cada quién dentro de su burbuja. Esta solo se pinchaba cuando el cantante se dirigía al público con ecos vocales (con esos juegos de repetición clásicos del rock, que en mi memoria siempre resuenan a ese famoso irorerere que Freddy toreó en un abarrotado Wembley). Cuando el cantante jugaba este juego, la peña reaccionaba, y entonces daba gusto. Quienes conocían más al grupo (y había unxs cuantxs), obviamente, cantaban las canciones, especialmente los estribillos. Fue así en “Better Days” y en el tema que le siguió, en el cual, a raíz de un parón conjunto de todos los músicos, los intérpretes se quedaron congelados durante un par de segundos, de forma completamente sincronizada y bastante visual: molo mucho. Sonó “Mentalidad Positiva”, donde el teclista se las gozó, y luego “Rompiendo las reglas”, un tema brutal en el que vi gozarselas más al guitarra y al bajista. Todos los de Malaka disfrutan realmente de lo que hacen, y che, eso se agradece y se ve en sus caras. En este tiempo el cantante consiguió -a fuerza de juegos, palabras de ánimo, movimientos y bailecitos- que la gente se acercase de una vez al escenario. Para cerrar, sirvieron una balada bastante guapa, “No hay drama”, que pese a melosa, consiguió que todo el mundo corease el estribillo (un servidor inclusive). Recalco que la balada, al final, sufrió tres acelerones que llevaron a más y más el tempo de la coda del concierto, hasta que finalmente estalló todo en aplausos. Parecía que no, pero al final los Malaka Youth dejaron el ambiente muy calentito para Papawanda, y el resto nos fuimos sonrientes y en procesión a por cerveza y nicotina. En conclusión, el grupo sonó bien, pero el público es quien manda y le costó demasiado conectar realmente con el escenario, aunque, finalmente, llegó a producirse ese momento.

Llegaba el turno de Papawanda, cabeza de cartel presentando su nuevo disco “Hasta que seamos ceniza”, y la sala parecía más llena que antes. La cosa cambió por completo. El grupo tiene muchos (y sobre todo muchas) fans. No es para menos. Tocan una fusión técnica, en cierto sentido (no psicodélico) progresiva, que juega con el jazz, el funk, el soul, el rock e incluso el reggae y los ritmos latinos. A esta gente sí que la había visto, allá en las fiestas del Barrio del Pilar. El grupo empezó a tocar una instrumental a oscuras, en el que el cantante se metió a cantar una letra casi rapeada. En cuanto entraron, el escenario fue suyo. Prosiguieron con un tema que me gusta mucho “Simple Sample”, del nuevo disco. Al terminar se dijeron nerviosos ante el público y le invitaron a hacer una respiración colectiva (que seguimos a rajatabla). Mientras, los Malaka Youth subían a colaborar, de muy buen royo y compadreo. Suena “Respira”. Dos temas después de la respiración el bajista sacó una impresionante voz de negro para cantar en el tema “Como buenamente puedo”. Tras eso, con la peña dejando de votar y metiéndose a mover cadera, suena un ritmo tumbao nos deja con ese “Comerme el coco” que me sabe tan latino. Llegó después “Ceniza”, uno de los temas clave del nuevo disco. Unas palabras del cantante, que habla mucho y lo hace bien (se le nota alma de poeta, además de estilo de showman; yo le metía en alguna peli), y zas, empieza a sonar una guitarra con un rollo psicodélico santanero que se resuelve con voces africanas. Hemos entrado en “La Calle”, donde pudimos ver un dúo dinámico de trombón y saxo (dos máquinas que hacen mucho más que esto, especialmente el saxofonista, que además del viento madera lleva el teclado, en un grupo en el que este instrumento resulta tan importante). Dulce tarareo, seguido (como siempre) por el público. Un inicio jazzístico, urbano que nos presenta ese temazo que es “Lo suyo”. Luego se suben los Mundo Chillón -Arturo Pueyo con su clarinete y Juan Crespo con su garganta- y empieza a sonar “Para bien”, un tema brutal, jazzístico a más no poder, en el que parece haber ciertos juegos de impro. Y nos dejó gozando. Después empieza un ritual soul, en el que nuestro cantante y maestro de ceremonias se convierte en un predicador que pide al público que grite hallelujah alzando las manos. Y es que (y esto lo digo rotundamente) aunque el grupo tiene buenos discos de estudio (con buen sonido y mejor planteamiento) y buenos videoclips (originales, divertidos, currados) su directo es inmejorable: uno de los mejores con los que me he topado en los últimos meses en esto del mestizaje. Creo que es de lo mejor que hay sonando por los escenarios de mi quinta (millenials nos llaman), porque lo que hacen es muy suyo aunque lo hacen muy de todos. Según dice el propio cantante, Papawanda “practican cinismo de puta madre”, y aunque no tengo muy claro lo que quiere decir esto, me parece convincente, y brindo por ello. Pero ya voy cerrando este mi testamento. Vino después “Mejor pedir perdón que pedir permiso”, tras el cual se presentó el grupo. Con ellos estaba tocando la percusión N-ts K-ts Castro. El guitarrista ponía una cara de loco orgásmico que no tenía desperdicio, y el batera, al fondo, más de lo mismo. Tras el bonito tema “Un trozo” (muy pegadizo) viene el tema “Chamanes sin tribu”. Aquí el bajista se puso a rapear y el trombón aparcó su instrumento y se montó un big-box de la hostia. Jugando con el público, y de nuevo sobre juegos jazzísticos, llegamos a “Cosas de noche”. Aquí la cosa está tan caliente y desbocada que todo el mundo baila como un poseso, arriba y abajo del escenario.

La cosa se va de madre. Los que pueden arriba, especialmente el cantante, pegan brincos y mueven los pies en un rollo entre ruso e irlandés. Se suben dos colegas de la banda a disfrutar del inminente cierre, con invitación expresa. La orgía de sonido y locura de baile, revienta con el estallido del confeti, que cae como nieve de colores sobre un público que no deja de gritar vítores y regalar aplausos. En el último acorde, el cantante se tira. El grupo le mira, él les sonríe. Han creado un ritual de esos que hacían los griegos a Dionisos, un momento de catarsis colectiva que permite empezar bien la noche y mejor el fin de semana. Hay que verlos. No vale con oirlo por YouTube o comprando los cds: hay que vivirlo

Crónica y Fotos por: Zule

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